miércoles, 4 de noviembre de 2015

UNA TAZA




UNA TAZA

En otro tiempo, Zoraida hubiera rehecho la cama esperando a que algún día alguno de los durmientes se apeara. Pero el terror estaba pronto y no había tiempo de tales delicadezas, delicadezas impropias para un momento tan álgido. Noemí colocó entonces sus pequeños zapatos de lona al pie de la cama, tan anciana desde niña, nunca pareció superar su encorvamiento, el persistentemente instruido miedo a mirar de frente, pero miedo era lo que faltaba por vivir.
Zoraida sintió venir algunos pasos decididos y su vagina se endureció: se aprieta, duele de seca tan amarga, toda su estructura arde, finalmente se duerme adolorida sin comprender qué ha sucedido, me inquiere desconcertada recordándome que no hay placer alguno en el terror, como si fuese la vagina de una niña resguardada debajo de una mesa… pasan los pasos sin darse cuenta del mutismo con el que hemos tenido que ir existiendo, luego miro sin moverme y no hay nadie, nadie ha estado aquí, sólo ha sido mi vulva trastornada y sola.
Pero los pasos eran muchos de los tantos y tan poco singulares pasos que en una calle a veces ahora pocas veces transitada, se suelen escuchar, alguien se atrevió a moverse, todos y todas suplican silencio con un invisible lenguaje de gestos, se corrige rápidamente, la calle queda sola de nuevo . Noemí tomó una cobija motosa y se envolvió en ella mirando tan niña desde que es anciana, al rostro aterrorizado de Zoraida. Nadie, no es nadie. Y Noemí se envuelve, se envuelve, se envuelve, da vueltas imaginarias en la amplitud de su palacio nunca poseído, del patio con Olivos retorcidos, de losas frías y azuladas, y a Zoraida le acusan unas ganas enormes de cubrir con abrazos a su hermana Noemí, llevarla en su canto y resguardarla allí para siempre y besar la llana alegría con que se va quedando quieta, llenarla de palabras. Pero nada debe distraerla del terror que se avecina, recio, implacable, del miedo que la nombra.
El café se va enfriando huérfanamente en una mesa que también tiembla y se estremece llamando a “ZoraidaParalizada” al borde de una cama comunitaria, en la que suelen dormir cuatro, a veces cinco. Ahora siendo una cama tan deshabitada, una inmensa extensión a merced del porvenir inmediato, tácito, toda esa vastedad es reducido a un blanco perfecto de la tristeza. Mira hacia los bordes y le cuesta trabajo divisar dónde termina la ruda cama y donde empieza la oscuridad de una habitación que es aún más inmensa que el propio universo. Pero si intenta levantarse, entonces el espanto cierra sus muros musculosos sobre ella, las piernas no responden, la quietud parece ser la única alternativa decente para esperar el terror. Cae en cuenta que se abalanza sobre ella su propia respiración.
Cuando acabará todo esto, me duele tanto la vagina de tan apretada que está.
Noemí saca una mano de juguete de su palacio de lana, tratando de alcanzar a Zoraida pero no lo consigue, desde el borde de la cama no podrá tocar a Zoraida si no intenta por lo menos, una maniobra que le permita movilizar todo el cuerpo hacia ella. Zoraida la mira como si estuviera a kilómetros de distancia, ¡necesita tanto esa mano! Pero un solo movimiento, un solo cambio de postura aceleraría la llegada del terror que es capaz de escrutarlas, desde la más inmensa extensión de los cielos ahora privados. Consciente de ello Noemí desiste, con lágrimas en sus ojos, incapaz de salvar su propia pequeña vida, menos, intentar salvar toda la extensión de la dos veces Zoraida.
Dos instantes antes de cualquier otro instante, repentinamente las mujeres comenzaron a respirar violentamente, sin compasión de sí hicieron de sus rostros montones de ojos, para escudriñar una sombra feroz que se avecinaba. Esta era una técnica de supervivencia aprendida desde la inmensa eternidad que se interponía entre ellas y su último momento feliz, la historia de su niñez, el entrenamiento clásico de quien en toda su vida no debe dormir nunca sosegadamente. La cama no aliviaba los recuerdos, ahora era ese espacio que se ahuecaba para enterrarlas en el insoportable segundo, tras aquel determinado segundo, tras otro segundo menos soportable que el anterior, en la suma absoluta de todos los segundos que disipaban cualquier esperanza.
El corazón más pequeño se agigantó y comenzó a golpear las costillas con tal fuerza que Zoraida tuvo que pedirle mesura al corazón de Noemí, para que no perturbara la tarea de pasar inadvertidas. Silencio corazón, silencio.
Pero la sombra pasó y con ella, nadie, la calle se incorporó a la espera de otro fantasma. Y Zoraida se veía a cada segundo más delgada, con su mandíbula cuadrada y sus dientes gastados de tanto terror antes del terror y sus ojos adelgazados entre gruesos párpados como depósitos de toneladas insomnes y sus labios vitales estrujaron besos mortales y endurecidos, acabo de pulverizar otro beso imposible. Las rodillas no se separaban, las rodillas permanecían tenazmente juntas. Los muslos enmarañaban para que las células pudiesen abrazase entre ellas y protegerse de los músculos, gruesos vidrios, brillantes y letales. Zoraida sintió un calambre en sus pies, pero esas eran otras delicadezas impropias del momento. Juntó los dedos con decoro y los contó. Aún había diez.
Noemí subió una pierna a la cama y empezó a girar su pie menudo para librarse seguramente, de algún adormecimiento, luego se encogió como un caracol, babosita, blanda, en su caparazón de lana humeante. Parecía querer dormirse, pero el terror ya venía, no había derecho a dormirse.
Quiero tomarme el café, debo poder tomarme el café sin ser notada.
Zoraida se inclinó para intentar levantarse de la cama, en un gesto que duró tal vez un minuto. Quitó sus manos del esmaltado de su pánico en las rodillas y apoyó una, aferrada a la manta con desesperación. Verificó mil veces que no tenía zapatos, contaba con el silencio de una vida vocacionalmente silenciosa, su propia versión monástica de vida. Ignorando el fuerte dolor del calambre de los pies y el de las piernas y sobre todo, el de su vagina aún joven, logró ponerse en el término de dos minutos y medio de pie. Zoraida se resistía mirar a la ventana, pero no podía ignorar a las sombras agigantarse y achicarse horrorosamente oscuras y simbólicas, algunas aguadas en tinta china y otras densas como acrílico, olorosas a plumas carbonizadas que se le arrancaron a la espantosa bestia del cielo.
Todas las guerras son santas, es el sagrado ritual del despojo, es la procesión del ir acechando todo lo que se mueva, se arrastre o apenas sobreviva. Es un orden que se respeta con la misma disciplina del asceta, pero con toda la ostentación de los ornamentados templos imperiales.
Mientras aguardaban el terror (como si toda aquello no fuera terror en sí), la mujer más grande había decidido rescatar al abandonado café que clamaba, con las pocas fuerzas que le quedaban, por un poco de amor, algún cobijo. El café también se hallaba aterrorizado e incapaz de acercarse a ellas, al contrario de lo que sí sucede con ciertos cafés veleidosos ofrecidos en épocas mejores, siempre tan promiscuos.
Zoraida lloró por el desamparo del café lágrimas silenciosas, sin sorber, dejó que las lágrimas desfilaran una ruta ininterrumpida hasta el borde de su nudismo imaginario y aún más allá. No se atrevía a elevar sus manos a la altura de su rostro para detener el cosquilleo de las lágrimas groseramente inquietas. Sus manos debían permanecer lo más cerca de sus muslos, fieles a la estructura estoica de su cuerpo, entrenado para resistir cataclismos en un obediente orden cerrado. Zoraida creía ingenuamente que tal postura le permitiría sobrevivir a fuerzas descomunales, mal calculadas por efecto de una fe pasada de moda. La fe en la obediencia.
Llegada a la mesa, estiró las manos en algo así como 10 horas, 10 días, hasta sentir en la yema de algún primer dedo, el ambiguo calor de la oreja de la taza y de repente la mano, pese a no tener casi sangre en los dedos, se sobresaltó en el descubrimiento de los sentimientos connaturales a todos los cafés, y en un súbito acto de independencia se apresuró a atraparlo. Aquello resultó ser un gesto brutalmente audaz, un momento delator, asesino y natural de la inconciencia. Rebeldía espontánea ante la condena de la quietud. Y sin embargo, visto desde aquí o allá, podía parecer algo tan delicado, tan propio de la sujeción de mujeres como Zoraida. Nadie podría calcular a simple vista las fuerzas y las tensiones tan tremendas que se batían entre esta taza y la mano, quizás, digo yo por la languidez del espacio en que solemos adecuarnos a una taza.
El verdadero café se dejó atrapar en la misericordia hasta el final, había llegado su más alegre final, salvado de morir de frío e insipidez.
Noemí quería café y miraba como una niña antojada a Zoraida, como la niña que era desde que era niña. Pero se conformó con saber que a Zoraida la acompañaba antes del terror, un pequeño torrente tibio que navega paralelo a los más ácidos e hirientes jugos gástricos, convidándolos a una pequeña tregua, a un desarme de tres segundos. Al menos en su vientre habrá una tregua, cesaba también esa guerra imprecisa que atormentaba su vagina. Así que Noemí, al comprender la difícil mecánica del cuerpo de Zoraida, y hallándose a su vez sosegada en el sosiego de las tensiones ajenas liberadas, de los músculos disueltos, cabeceó un poco y sonrió. Se preguntaba, qué debía sentir en ese justo momento, qué postura asumir. Zoraida al menos parecía tenerlo un poco más claro. Pero igual, ante la insignificancia de su propio desconcierto volvió a sonreír.
¡Sonreír! Una delicadeza necesaria antes del terror
Zoraida se invadió de café y de la sonrisa de Noemí, justo cuando pudo acomodar cada sección de su vagina y creyó poder esperar tranquila el inevitable terror que se avecinaba. Haría de cuenta que se había criado en una de esas culturas donde desaparecer es otro acto de la alegría. ¿Cuántos instantes habría pasado desde su primer pensamiento hasta este último? Minutos, apenas. Inclina la cabeza de nuevo, en un movimiento de tantas horas para sentir el líquido viajar hacia sus entrañas y humedecer los órganos resquebrajados por el pánico.
Cuando se disponía a sonreír, darse el lujo de sonreír, entonces descendió una cosa inmensa, espantosa, ruidosa, como un tumor descomunal expulsado por su fealdad, de la etérea belleza del cielo y sus ángeles. Su ruido se estrelló contra la tierra y al término también el objeto. Pero su ruido hizo un primer círculo de devastación, desgarrando los delicados hilos que sujetaban al mundo en el universo, así les pareció a las mujeres. No que un punto ínfimo de la tierra estuviese siendo atacado por, no sabemos qué odios azuzan la demencia. Para ellas era el planeta, el que estaba siendo arrancado del universo y tenían toda la razón. El ruido estrelló el suelo contra Zoraida y arrojó haica la pared a Noemí, en el momento de mayor descuido en la espera del terror. Zoraida pensó la inmediata fragmentación del mundo, sería su culpa por haberse relajado de tal manera. Si hubiese conservado cada pieza en su lugar…
La anciana, que era solía ser una niña, flotó detenida con el rostro al filo de una pared imaginaria, patas arriba, giró y finalmente de forma acelerada, chocó contra la verdadera pared. Se encogió, rodó en un falso suelo vertical, calló al verdadero suelo y la cama la ocultó.
Zoraida sintió su pecho irse hacia delante, mientras adentro de sí, sus criaturas empujaban para poder escapar de un cuerpo en proceso de disolvencia. El ruido la dobló, sus brazos se fueron violentamente hacia atrás y sus pies se levantaron, su cabeza pendía de su cuello gracias a una debilidad preocupante y su largo cabello campesino, se abrió haciendo el aura de la Guadalupe, llamarada negra, caótica arquitectura de la sombra. La onda golpeaba sus muslos y estos se palmoteaban despavoridos, tratando de agarrarse entre sí, queriendo que nada los separara. Empezando a sentir un gran extrañamiento, se despedían el uno del otro con lágrimas sanguinolentas, mientras los cartílagos de sus rodillas se quebraban agotados como viejas cuerdas de algún instrumento abandonado. Cayó sobre su pecho, en un suelo también herido y la taza de café, a unos cuantos centímetros de ella, dejó de ser.
Luego vino un naranja intenso que llenaba el espacio con su perversa ostentación. Era una cosa tan maravillosa e in imaginada, era un color sólo para ese momento arrogante. Y era un color tan poderoso, que su paso iba despejando el lugar que ocuparían los mensajeros círculos de luz y astillas, corriendo endemoniados por el allí, por el acá, por todo lo que no fuera vacío, como una última visión del dios al que hace sacrificios la perversión humana, el Mammon de nuestros tiempos llenando el aire con cuchillas de la inquisición moderna. La inmensa montaña naranja aplastaba con su corteza irregular cada parte que sobre parte pendía, las desunió en tan pequeños segmentos, a todas las partes sin miramientos, sin reparar acerca de qué objeto componían, si era orgánico o inorgánico, si alguien esperaba volver a verlo, si alguien le necesitaría mañana para alguna labor de la casa. La casa no estaría desordenada mañana, simplemente no estaría, Zoraida intentó tranquilizarse.
Entonces viene esa otra fase de nubes y nubes compuestas con objetos que han dejado de ser. Todo dejaba de ser esa quietud tan habitual, para convertirse en una nueva existencia de las cosas, ahora navegando minúsculas, sin particularidad distinguible en una nube naranja con ribetes negros. Pensar que no podría comprender en el siguiente instante, después de este brevísimo instante, semejante voluptuoso orden desorbitado, le causaba aún mayor angustia a Zoraida. Las mujeres flotaron como moléculas iridiscentes, el largo espacio del terror que inexplicablemente aún podían ver. Y luego de eso, sordera, silbatina, necedades innecesarias, todos los infiernos preciosos, glotones, ingiriéndose al mundo, esa pequeña partícula vulnerable en medio de un mar de creatividad maligna, el mundo borrado de la memoria, el mundo desaparece cuando desaparece lo que causa en la memoria, el mundo acaba cuando nadie le recuerda. Lo posible se hace cruelmente aún más posible, dos o tres frases más antes de no poder enunciar nunca más, eternamente nunca más nada, no poder pensar, no funciona más y después de tanta obesa fastuosidad, no hay nadie.

COMENTARIO                              
El autor utiliza palabras formales y complicadas para comprender lo leído, no obstante, describe los ambientes donde se desarrollan la historia y con ello los personajes; sin embargo, esto o lleva a que sea algo aburrido, solo nos queda leer más de una vez y así vamos a comprender afondo lo que hemos leído y vivir eh imaginar cada momento que pasan los protagonistas.


LA CARNE-CUENTO



LA CARNE

SUCEDIÓ CON GRAN SENCILLEZ, sin afectación. Por motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de carne. Todo el mundo se alarmó y se hicieron comentarios más o menos amargos y hasta se esbozaron ciertos propósitos de venganza. Pero, como siempre sucede, las protestas no pasaron de meras amenazas y pronto se vio a aquel afligido pueblo engullendo los más variados vegetales.Sólo que el señor Ansaldo no siguió la orden general. Con gran tranquilidad se puso a afilar un enorme cuchillo de cocina, y, acto seguido, bajándose los pantalones hasta las rodillas, cortó de su nalga izquierda un hermoso filete. Tras haberlo limpiado lo adobó con sal y vinagre, lo pasó –como se dice– por la parrilla, para finalmente freírlo en la gran sartén de las tortillas del domingo.
Sentóse a la mesa y comenzó a saborear su hermoso filete. Entonces llamaron a la puerta; era el vecino que venía a desahogarse... Pero Ansaldo, con elegante ademán, le hizo ver el hermoso filete. El vecino preguntó y Ansaldo se limitó a mostrar su nalga izquierda. Todo quedaba explicado. A su vez, el vecino deslumbrado y conmovido, salió sin decir palabra para volver al poco rato con el alcalde del pueblo. Éste expresó a Ansaldo su vivo deseo de que su amado pueblo se alimentara, como lo hacía Ansaldo, de sus propias reservas, es decir, de su propia carne, de la respectiva carne de cada uno. Pronto quedó acordada la cosa y después de las efusiones propias de gente bien educada, Ansaldo se trasladó a la plaza principal del pueblo para ofrecer, según su frase característica, “una demostración práctica a las masas”.Una vez allí hizo saber que cada persona cortaría de su nalga izquierda dos filetes, en todo iguales a una muestra en yeso encarnado que colgaba de un reluciente alambre. Y declaraba que dos filetes y no uno, pues si él había cortado de su propia nalga izquierda un hermoso filete, justo era que la cosa marchase a compás, esto es, que nadie engullera un filete menos. Una vez fijados estos puntos diose cada uno a rebanar dos filetes de su respectiva nalga izquierda. Era un glorioso espectáculo, pero se ruega no enviar descripciones. Por lo demás, se hicieron cálculos acerca de cuánto tiempo gozaría el pueblo de los beneficios de la carne. Un distinguido anatómico predijo que sobre un peso de cien libras, y descontando vísceras y demás órganos no ingestibles, un individuo podía comer carne durante ciento cuarenta días a razón de media libra por día. Por lo demás, era un cálculo ilusorio. Y lo que importaba era que cada uno pudiese ingerir su hermoso filete.
Pronto se vio a señoras que hablaban de las ventajas que reportaba la idea del señor Ansaldo. Por ejemplo, las que ya habían devorado sus senos no se veían obligadas a cubrir de telas su caja torácica, y sus vestidos concluían poco más arriba del ombligo. Y algunas, no todas, no hablaban ya, pues habían engullido su lengua, que dicho sea de paso, es un manjar de monarcas. En la calle tenían lugar las más deliciosas escenas: así, dos señoras que hacía muchísimo tiempo no se veían no pudieron besarse; habían usado sus labios en la confección de unas frituras de gran éxito. Y el alcaide del penal no pudo firmar la sentencia de muerte de un condenado porque se había comido las yemas de los dedos, que, según los buenos gourmets (y el alcaide lo era) ha dado origen a esa frase tan llevada y traída de “chuparse la yema de los dedos”.
Hubo hasta pequeñas sublevaciones. El sindicato de obreros de ajustadores femeninos elevó su más formal protesta ante la autoridad correspondiente, y ésta contestó que no era posible slogan alguno para animar a las señoras a usarlos de nuevo. Pero eran sublevaciones inocentes que no interrumpían de ningún modo la consumación, por parte del pueblo, de su propia carne.
Uno de los sucesos más pintorescos de aquella agradable jornada fue la disección del último pedazo de carne del bailarín del pueblo. Éste, por respeto a su arte, había dejado para lo último los bellos dedos de sus pies. Sus convecinos advirtieron que desde hacía varios días se mostraba vivamente inquieto. Ya sólo le quedaba la parte carnosa del dedo gordo. Entonces invitó a sus amigos a presenciar la operación. En medio de un sanguinolento silencio cortó su porción postrera, y sin pasarla por el fuego la dejó caer en el hueco de lo que había sido en otro tiempo su hermosa boca. Entonces todos los presentes se pusieron repentinamente serios.
Pero se iba viviendo, y era lo importante, ¿Y si acaso...? ¿Sería por eso que las zapatillas del bailarín se encontraban ahora en una de las salas del Museo de los Recuerdos Ilustres? Sólo se sabe que uno de los hombres más obesos del pueblo (pesaba doscientos kilos) gastó toda su reserva de carne disponible en el breve espacio de 15 días (era extremadamente goloso, y por otra parte, su organismo exigía grandes cantidades). Después ya nadie pudo verlo jamás. Evidentemente se ocultaba... Pero no sólo se ocultaba él, sino que otros muchos comenzaban a adoptar idéntico comportamiento. De esta suerte, una mañana, la señora Orfila, al preguntar a su hijo –que se devoraba el lóbulo izquierdo de la oreja– dónde había guardado no sé qué cosa, no obtuvo respuesta alguna. Y no valieron súplicas ni amenazas. Llamado el perito en desaparecidos sólo pudo dar con un breve montón de excrementos en el sitio donde la señora Orfila juraba y perjuraba que su amado hijo se encontraba en el momento de ser interrogado por ella. Pero estas ligeras alteraciones no minaban en absoluto la alegría de aquellos habitantes. ¿De qué podría quejarse un pueblo que tenía asegurada su subsistencia? El grave problema del orden público creado por la falta de carne, ¿no había quedado definitivamente zanjado? Que la población fuera ocultándose progresivamente nada tenía que ver con el aspecto central de la cosa, y sólo era un colofón que no alteraba en modo alguno la firme voluntad de aquella gente de procurarse el precioso alimento. ¿Era, por ventura, dicho colofón el precio que exigía la carne de cada uno? Pero sería miserable hacer más preguntas inoportunas, y aquel prudente pueblo estaba muy bien alimentado.

COMENTARIO:
Este es un cuento ficticio, describe a los personajes no muy detallados, al autor busca intrigar y tener al lector enlazado con lo que pueda pasar y transmite sensaciones de miedo por las acciones que relata y realiza, es algo que te lleva a imaginarte como pasan los hechos, aunque no te explica los actos detalladamente; sin embargo, con nuestra imaginación podemos pensar e idealizar cada escena que el autor quiere que pensemos.


EL HOMBRE DE PLATA



"EL HOMBRE DE PLATA"
El Juancho y su perra «Mariposa» hacían el camino de tres kilómetros a la escuela dos veces al día. Lloviera o nevara, hiciera frío o sol radiante, la pequeña figura de Juancho se recortaba en el camino con la «Mariposa» detrás. Juancho le había puesto ese nombre porque tenía unas grandes orejas voladoras que, miradas a contra luz, la hacían parecer una enorme y torpe mariposa morena. Y también por esa manía que tenía la perra de andar oliendo las flores como un insecto cualquiera.

La «Mariposa» acompañaba a su amo a la escuela, y se sentaba a esperar en la puerta hasta que sonara la campana. Cuando terminaba la clase y se abría la puerta, aparecía un tropel de niños desbandados como ganado despavorido, y la «Mariposa» se sacudía la modorra y comenzaba a buscar a su niño. Oliendo zapatos y piernas de escolares, daba al fin con su Juancho y entonces, moviendo la cola como un ventilador a retropropulsión, emprendía el camino de regreso.

Los días de invierno anochece muy temprano. Cuando hay nubes en la costa y el mar se pone negro, a las cinco de la tarde ya está casi oscuro. Ese era un día así: nublado, medio gris y medio frío, con la lluvia anunciándose y olas con espuma en la cresta.

—Mala se pone la cosa, Mariposa. Hay que apurarse o nos pesca el agua y se nos hace oscuro... A mí la noche por estas soledades me da miedo, Mariposa —decía Juancho, apurando el tranco con sus botas agujereadas y su poncho desteñido.

La perra estaba inquieta. Olía el aire y de repente se ponía a gemir despacito. Llevaba las orejas alertas y la cola tiesa.

—¿Qué te pasa? —le decía Juancho—. No te pongas a aullar, perra lesa, mira que vienen las ánimas a penar...

A la vuelta de la loma, cuando había que dejar la carretera y meterse por el sendero de tierra que llevaba cruzando los potreros hasta la casa, la Mariposa se puso insoportable, sentándose en el suelo a gemir como si le hubieran pisado la cola. Juancho era un niño campesino, y había aprendido desde niño a respetar los cambios de humor de los animales. Cuando vio la inquietud de su perra, se le pusieron los pelos de punta.

—¿Qué pasa, Mariposa? ¿Son bandidos o son aparecidos? Ay... ¡Tengo miedo, Mariposa!

El niño miraba a su alrededor asustado. No se veía a nadie. Potreros silenciosos en el gris espeso del atardecer invernal. El murmullo lejano del mar y esa soledad del campo chileno.

Temblando de miedo, pero apurado en vista que la noche se venía encima, Juancho echó a correr por el sendero, con el bolsón golpeándole las piernas y el poncho medio enredado. De mala gana, la Mariposa salió trotando detrás.

Y entonces, cuando iban llegando a la encina torcida, en la mitad del potrero grande, lo vieron.

Era un enorme plato metálico suspendido a dos metros del suelo, perfectamente inmóvil. No tenía puertas ni ventanas: solamente tres orificios brillantes que parecían focos, de donde salía un leve resplandor anaranjado. El campo estaba en silencio... no se oía el ruido de un motor ni se agitaba el viento alrededor de la extraña máquina.

El niño y la perra se detuvieron con los ojos desorbitados. Miraban el extraño artefacto circular detenido en el espacio, tan cerca y tan misterioso, sin comprender lo que veían.

El primer impulso, cuando se recuperaron, fue echar a correr a todo lo que daban. Pero la curiosidad de un niño y la lealtad de un perro son más fuertes que el miedo. Paso a paso, el niño y el perro se aproximaron, como hipnotizados, al platillo volador que descansaba junto a la copa de la encina.

Cuando estaban a quince metros del plato, uno de los rayos anaranjados cambió de color, tornándose de un azul muy intenso. Un silbido agudo cruzó el aire y quedó vibrando en las ramas de la encina. La Mariposa cayó al suelo como muerta, y el niño se tapó los oídos con las manos. Cuando el silbido se detuvo, Juancho quedó tambaleándose como borracho.

En la semi-oscuridad del anochecer, vio acercarse un objeto brillante. Sus ojos se abrieron como dos huevos fritos cuando vio lo que avanzaba: era un Hombre de Plata. Muy poco más grande que el niño, enteramente plateado, como si estuviera vestido en papel de aluminio, y una cabeza redonda sin boca, nariz ni orejas, pero con dos inmensos ojos que parecían anteojos de hombre-rana.

Juancho trató de huir, pero no pudo mover ni un músculo. Su cuerpo estaba paralizado, como si lo hubieran amarrado con hilos invisibles. Aterrorizado, cubierto de sudor frío y con un grito de pavor atascado en la garganta, Juancho vio acercarse al Hombre de Plata, que avanzaba muy lentamente, flotando a treinta centímetros del suelo.

Juancho no sintió la voz del Hombre de Plata, pero de alguna manera supo que él le estaba hablando. Era como si estuviera adivinando sus palabras, o como si las hubiera soñado y sólo las estuviera recordando.

—Amigo... Amigo... Soy amigo... no temas, no tengas miedo, soy tu amigo...

Poquito a poco el susto fue abandonando al niño. Vio acercarse al Hombre de Plata, lo vio agacharse y levantar con cuidado y sin esfuerzo a la inconsciente Mariposa, y llegar a su lado con la perra en vilo.

—Amigo... Soy tu amigo... No tengas miedo, no voy a hacerte daño... Soy tu amigo y quiero conocerte... Vengo de lejos, no soy de este planeta... Vengo del espacio... Quiero conocerte solamente...

Las palabras sin voz del Hombre de Plata se metieron sin ruido en la cabeza de Juancho y el niño perdió todo su temor. Haciendo un esfuerzo pudo mover las piernas. El extraño hombrecito plateado estiró una mano y tocó a Juancho en un brazo.

—Ven conmigo... Subamos a mi nave... Quiero conocerte... Soy tu amigo...

Y Juancho, por supuesto, aceptó la invitación. Dio un paso adelante, siempre con la mano del Hombre de Plata en su brazo, y su cuerpo quedó suspendido a unos centímetros del suelo. Estaba pisando el brillo azul que salía del platillo volador, y vio que sin ningún esfuerzo avanzaba con su nuevo amigo y la Mariposa por el rayo, hasta la nave.

Entró a la nave sin que se abrieran puertas. Sintió como si «pasara» a través de las paredes y se encontrara despertando de a poco en el interior de un túnel grande, silencioso, lleno de luz y tibieza.

Sus pies no tocaban el suelo, pero tampoco tenía la sensación de estar flotando.

—Soy de otro planeta... Vengo a conocer la Tierra... Descendí aquí porque parecía un lugar solitario... Pero estoy contento de haberte encontrado... Estoy contento de conocerte... Soy tu amigo...

Así sentía Juancho que le hablaba sin palabras el Hombre de Plata. La Mariposa seguía como muerta, flotando dulcemente en un colchón de luz.

—Soy Juancho Soto. Soy del Fundo La Ensenada. Mi papá es Juan Soto —dijo el niño en un murmullo, pero su voz se escuchó profunda y llena de eco, rebotando en el túnel brillante donde se encontraba.

El Hombre de Plata condujo al niño a través del túnel y pronto se encontró en una habitación circular, amplia y bien iluminada, casi sin muebles ni aparatos. Parecía vacía, aunque llena de misteriosos botones y minúsculas pantallas.

—Este es un platillo volador de verdad —dijo Juancho, mirando a su alrededor.

—Sí... Yo quiero conocerte para llevarme una imagen tuya a mi mundo... Pero no quiero asustarte... No quiero que los hombres nos conozcan, porque todavía no están preparados para recibirnos... —decía silenciosamente el Hombre de Plata.

—Yo quiero irme contigo a tu mundo, si quieres llevarme con la Mariposa —dijo Juancho, temblando un poco, pero lleno de curiosidad.

—No puedo llevarte conmigo... Tu cuerpo no resistiría el viaje... Pero quiero llevarme una imagen completa de ti... Déjame estudiarte y conocerte. No voy a hacerte daño. Duérmete tranquilo... No tengas miedo... Duérmete para que yo pueda conocerte...

Juancho sintió un sueño profundo y pesado subirle desde la planta de los pies y, sin esfuerzo alguno, cayó profundamente dormido.


El niño despertó cuando una gota de agua le mojaba la cara. Estaba oscuro y comenzaba a llover. La sombra de la encina se distinguía apenas en la noche, y tenía frío, a pesar del calor que le transmitía la Mariposa dormida debajo de su poncho. Vio que estaba descalzo.

—¡Mariposa! ¡Nos quedamos dormidos! Soñé con... ¡No! ¡No lo soñé! Es cierto, tiene que ser cierto que conocí al Hombre de Plata y estuve en el Platillo Volador —miró a su alrededor, buscando la sombra de la misteriosa nave, pero no vio más que nubes negras. La perra despertó también, se sacudió, miró a su alrededor espantada, y echó a correr en dirección a la luz lejana de la casa de los Soto. Juancho la siguió también, sin pararse a buscar sus viejas botas de agua, y chapoteando en el barro, corrió a potrero abierto hasta su casa.

—¡Cabro de moledera! ¡Adónde te habías metido! —gritó su madre cuando lo vio entrar, enarbolando la cuchara de palo de la cocina sobre la cabeza del niño. ¿Y tus zapatillas de goma? ¡A pata pelada y en la lluvia!

—Andaba en el potrero, cerca de la encina, cuando..., ¡Ay, no me pegue mamita!..., cuando vi al Hombre de Plata y el platillo flotando en el aire, sin alas...

—Ya mujer, déjalo. El cabro se durmió y estuvo soñando. Mañana buscará los zapatos. ¡A tomarse la sopa ahora y a la cama! Mañana hay que madrugar —dijo el padre.

Al día siguiente salieron Juancho y su padre a buscar leña.

—Mira hijo... ¿Quién habrá prendido fuego cerca de la encina? Está todo este pedazo quemado. ¡Qué raro! Yo no vi fuego ni sentí olor a humo... Hicieron una fogata redondita y pareja, como una rueda grande —dijo Juan Soto, examinando el suelo, extrañado.

El pasto se veía chamuscado y la tierra oscura, como si estuviera cubierta de ceniza. El lugar quemado estaba unos centímetros más bajo que el nivel del potrero, como si un peso enorme se hubiera posado sobre la tierra blanda.

Juancho y la Mariposa se acercaron cuidadosamente. El niño buscó en el suelo, escarbando la tierra con un palo.

—¿Qué buscas? —preguntó su padre.

—Mis botas, taita... Pero parece que se las llevó el Hombre de Plata.

El niño sonrió, la perra movió el rabo y Juan Soto se rascó la cabeza extrañado


COMENTARIO

La autora relata una historia ficticia, sencilla, entendibles, para cualquier persona con el fin de entretenerse. En esta historia la autora describe a los personajes tanto reales como los de otro planeta, cuenta algo entretenido que lleva nuestra abnegada imaginación a volar eh imaginar todos los hechos escrotos, llenándonos de intriga de lo que pueda pasar en el desenlaces, pero al final nos deja satisfechos de una historia de alguna manera apta para todos.